Semanario Digital - La Rioja, Miercoles 28 de Febrero de 2018
Año 11 - Edición 540

Sola, desnuda y sangrando: relato de un aborto

A favor, o en contra, sabemos poco. “Abortar no es lindo”, me dice con fuerza, y lo reitera. Me confunde que una frase tan simple y ¿lógica? sea enunciada con empoderamiento. Me confunde porque estoy por descubrir que no hay marco teórico que permita entender la historia de un cuerpo.

A las tres semanas de retraso comenzó a sospechar. Sospechó, primero, de un desequilibrio hormonal, dejó pasar una semana más y cuando la duda fue más fuerte que ese temor que se siente sólo ante las certezas compró el test de embarazo.

Crisis, llanto, desesperación. Camila llama primero a un amigo, que intenta calmarla. Con su mamá no fue tan fácil, y menos fácil cortarle la llamada ante la pregunta de “¿Qué vas a hacer?”. Cuando no hay respuesta, esa es la respuesta.

Tercera llamada: una amiga, ella con un cuerpo de experiencias en común, supo qué hacer. Un sanatorio con nombre de la provincia de Todos los Santos, la salud privada, esa que no le priva de nada a quien pude acceder a ella.

-Estas de cinco semanas, te felicito -le dijo con tono de rutina el médico mientras le realizaba la ecografía-.

Sólo al voltear y ver la expresión que le generaba aquello entendió por qué habían acudido, justamente, a él.

-¿Vas a continuarlo o no? Acá vienen muchas mujeres, mujeres grandes, con hijos, mujeres muy conocidas.

En medio de la consulta Camila pide que hable su amiga, no puede seguir, se le traban las palabras. Con naturalidad, como si se tratase de una gripe, les habla del misoprostol, una pastilla abortiva que él no puede recetar pero que -aclara- se consigue. En ese momento y por primera vez tuvo miedo que esas pastillas la mataran.

La pastilla no es barata, pero no terminaba ahí. Después de tomarla debe hacerse un raspado que sale cinco mil pesos.

-Tenes que comer algo dulce antes, para que no se te baje la presión. Vení sola y no le cuentes a nadie porque la gente se lo toma a mal, y en realidad es algo simple. En media hora ya te podes ir a tu casa. La otra opción que tenes es el hospital, pero ahí sí que se va a enterar todo el mundo.

Por suerte, Camila no tenía esos cinco mil pesos.

El misoprostol lo fue a comprar su mamá,  así que nunca supo qué cara pusieron o qué preguntas hicieron en la farmacia. Lo tomó a las 10 de la noche, y a las tres de la madrugada hizo efecto.

Camila ya tenía un hijo, hijo que esa noche fue a dormir a su cama porque sintió que algo no andaba bien. Por eso no pudo gritar cuando dolores más fuertes que las contracciones de parto le recorrieron el cuerpo.

Lloró porque se sentía culpable, lloró porque le dolía, lloró porque tenía miedo de morirse. Y seguía corriendo la sangre. Nunca entendió de donde podía salir tanta.

Al día siguiente, luego de dormir una hora, fue al hospital. Dijo que había tenido un aborto espontáneo, y ahí sí que tuvo que cargar ella con las miradas. Mientras la revisaban de piernas abiertas frente a su madre le preguntaron cuándo había sido su primera vez y cuántas parejas sexuales había tenido desde entonces.

Cuando ingresó al quirófano había otra chica tras un biombo. Se preguntaron si estaban bien y dieron fuerzas mutuamente.

-Si me muero, por favor, no les cuentes que tuve miedo. Decí que estuve bien -le pidió.

Para peor ese día se enteró que durante la anestesia general también nos quejamos, y escuchar a su nueva amiga no ayudó, como tampoco ayudó la marea de practicantes que llegó junto a los doctores a prepararla. Ninguno le explicó que iban a hacerle.

La sangre que seguía cayendo, la desnudez y la soledad que le provocaba saber que nadie podía acompañarla en ese momento la atacó. Se preguntó qué carajo había hecho para llegar ahí hasta que la anestesia hizo efecto.

Cuando despertó mirando el techo de la habitación se sintió bien por primera vez en días, sabía que era por el efecto del post operatorio, pero le daba igual. Miró a su hermano y pensó que no podría haber pasado por nada de esto sin sus amigos, su madre, su hijo y él; se preguntó hasta dónde hubiese llegado de no tenerlos.

Me parece demasiado íntimo, pero si me voy sin preguntar me denuncia la FOPEA:

-¿Por qué tomaste la decisión de interrumpir el embarazo?

-Yo ya tengo un hijo, uno que fui muy feliz de tener desde que me enteré de su concepción. Por eso mismo sé lo que demanda para que un ser se desarrolle pleno. Otro hijo era tiempo, dinero y una familia, cosas que yo no podía ofrecerle. Me pareció demasiado injusto recibir a alguien así, sin estar preparada.

Porque ella, que dice haber tenido miedo de morir en más de una ocasión, en realidad estaba cuidando a otro.

(los nombres fueron cambiados para preservar la identidad de las personas)

Texto: Virginia

28/02/2018

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